Actualmente las familias, y el profesorado, se quejan de que las niñas y niños de hoy NO valoran nada, que el valor del esfuerzo se ha perdido, siendo más irresponsables e inmaduros que antes y trabajando a un ritmo menor. En un mundo donde la globalización trajo de la mano el consumismo desmedido y la era de la comunicación ha tenido como efecto secundario la incomunicación, tenemos que decidir hacia dónde queremos que siga girando nuestro mundo, el que le dejaremos a nuestra descendencia.

Cómo es posible que las/los hijos/as del presente, teniendo última generación de televisión del mercado (o en su defecto, la mejor televisión que la economía familiar se puede permitir), los ordenadores más veloces, conexión a Internet con un mundo sin fin de posibilidades a su alcance, servicio de taxi gratuito para ir a ver a sus amistades o asistir a sus actividades extraescolares, cantidades ingentes de ropa, juegos de la play, tenis, sudaderas, faldas a la última, la pulsera o las gafas de moda, smartphones de última generación, horas de ayuda con sus tareas… y, especialmente, mucha dedicación para aplicar todos los recursos inimaginables para crear o buscar momentos y temas de conversación, para hablarles en todos los tonos posibles… ¿Cómo es posible que los/las hijos/as del presente, teniéndolo TODO, son quienes NO han aprendido el valor de NADA?

Cada día padres y madres intentan comunicarse con sus hijos e hijas, pero su mensaje (o su whatsapp) se queda sin recibir, sin leer, sin respuesta…, y esos padres y esas madres sintiéndose cada vez más impotentes.  Los receptores de su hijo, de su hija, o del adolescente en que se han convertido están sin datos, apagados, fuera de cobertura o sin wifi…

¿Qué podemos hacer ante este panorama? Esa es la pregunta que muchos padres y madres se hacen al ver que tienen que estar encima de sus pequeños hasta para cepillarse los dientes. Familias en las que aflora la decepción de ver que toda solución es inútil: “Mi hijo no reacciona”, “Mi hija pasa de todo”, “Ya no sé qué hacer”…

Las actitudes contrarias al estudio aparecen cada vez más pronto, al igual que se adelantan los chantajes emocionales, las amenazas, las mentiras y la desobediencia… Las familias miran a su prole con la impotencia de ver que sus retoños no crecen en la dirección debida y que todo esfuerzo desemboca en fracaso.

¿Y esto por qué? ¿Qué lo explica?

Sin ánimo de hacer un diagnóstico social de los tiempos que vivimos, me gustaría ofrecer a quienes lean este artículo, las claves para comprender estos comportamientos y los puntos de arranque para modificarlos.

        1. Tener claro a dónde queremos llegar: Es importante que padres y madres conversen sobre cuáles son sus prioridades educativas, tener claro el objetivo nos ayudará a ser persistentes en su consecución, es conveniente reflejarlos por escrito.

Por ejemplo, la familia de Rubén quiere que mejore sus notas y que sea más responsable con sus tareas, por tanto deberán prestar atención a valorarle cuando lo hace y animarle a seguir adelante a pesar de las dificultades.

        2. Dedicarles tiempo: Desafortunadamente, los niños y niñas de hoy, a diferencia de generaciones anteriores, pasan mucho menos tiempo (de calidad) con sus padres. Muchas veces la relación se desvirtúa en favor de las responsabilidades laborales o escolares, ya que el reloj se mueve en una frenética persecución de lo obligatorio, perdiéndose los momentos de disfrute en familia. La escucha, la risa, el contacto, el juego, que cubren las necesidades básicas de la infancia, quedan anotadas en la lista adulta de tareas pendientes. Una lista cuya existencia, para la infancia, carece de sentido.

        3. Crear confianza: Para que nuestras/as hijas/os obedezcan y confíen en nosotros, previamente nosotros tenemos que demostrarles que somos dignos de su confianza. Una vez nos la hemos ganado, estarán más predispuestos y predispuestas a aceptar nuestros consejos y a seguir nuestras órdenes.

La confianza es un valor muy importante que hay que cuidar día a día. La manera de conseguirlo pasa por ser firmes con los límites que les imponemos y, especialmente, sabiendo adaptarnos a sus sentimientos y dificultades.

Imaginemos el caso de Julián cuya capacidad para comprender a su hija Natalia de 13 años, se agota al conocer a las amigas de su hija, cuya vida gira en torno al manga y la cultura Emo. Julián se siente incapaz de acercarse y no encuentra el camino por más que lo busca.

Julián contempla impotente cómo el salto generacional crea una muralla entre él y Natalia. El camino que busca Julián comienza por ponerse en el lugar de la chica, apartando por un momento el recuerdo de su propia adolescencia, que poco o nada tiene que ver con la de su hija, como la de él tampoco tuvo casi nada que ver con la de sus padres. Por otro lado, es necesario que se acerque a las nuevas formas de expresarse de la juventud, conociendo los nuevos modelos sin censura, que le conducirán a ganarse la confianza de su hija y estar al tanto de los peligros y ventajas que suponen estos nuevos estilos para el desarrollo personal y  social de su hija.

         4. Fomentar la autoestima:

Teniendo en cuenta que a cualquier persona que no se siente bien consigo misma, le cuesta encontrar un aliciente para hacer las cosas bien; y, sabiendo además, que es durante la infancia donde se inclina la balanza de la autoestima hacia el lado positivo o hacia el negativo; y, finalmente, considerando que en esta etapa se es más sensible a las opiniones que de nosotros tenga el entorno más cercano, podremos tomar conciencia del importante papel que nuestros mensajes como padres y madres tienen sobre nuestros hijos e hijas.

Las/los menores, que sienten que sus padres les apoyan, y valoran sus cosas buenas y sus esfuerzos, aprenderán que esforzarse tiene su recompensa más allá del logro conseguido.

Cabe citar aquí un concepto clave “la profecía autocumplida”, esta teoría psicológica subraya la importancia de que somos lo que nos creemos que somos, veamos un ejemplo:

Marta tiene 7 años, y es muy activa para su edad, muchas veces saca de quicio a sus padres, porque coge cosas sin permiso y cuesta mucho que se siente a estudiar. Sonia, su madre, en pleno ataque de rabia mientras intenta desesperadamente que su hija se siente a hacer la tarea le ha dicho casi de todo: “eres un trasto”, “siempre te estás portando mal”, “¿Estate quieta de una vez?”, “Eres una vaga”…

La teoría de la profecía autocumplida nos dice que a la larga Marta se seguirá comportando de esa manera e incluso irá a peor, puesto que entiende que es verdad que “es una vaga” (con los estudios al menos).

¿Qué podría hacer Sonia en este caso para ayudar a Marta y mejorar sus relaciones? Mantener un enfoque positivo y proyectar en su hija mensajes motivadores “Tú puedes”, “Vamos a ver cuánto tiempo aguantas sin levantarte mientras haces la tarea del cole”.

Conviene tener bien presente que “Todos respondemos mejor a las palabras de aliento que a las críticas y las correcciones”.

        5. Enseñarles a esperar: En el momento actual, en el que los adultos corremos detrás de los relojes y las posesiones, los/as niños/as no saben esperar, esto es lógico y paradójicamente “esperable” puesto que viven en un mundo audiovisual e inmediato.

Y es que ¿Os habéis parado a pensar cuántas cosas conseguimos hoy en día tan sólo con un simple toque de pantalla o un “clic” de ratón? Entonces, cómo podemos pedirles que se mantengan prestando atención al profesor/a si tienen la costumbre de que la respuesta que más tarda se produce “inmediatamente” y normalmente viene acompañada de movimiento sonido y lucecitas…

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En la actualidad, los/as pequeños/as han cambiado el pan por la tablet… Sí, hoy en día, “los niños/as vienen con una tablet bajo el brazo” y nosotros contemplamos con asombro e indignación, cómo es posible que pueda usarla tan bien y, sin embargo, no ser capaz de obedecer una norma simple. Haciendo uso del sentido del humor, cabría decir que si utilizáramos el móvil para decirles lo que tienen que hacer lo harían sin rechistar, y es que este medio capta poderosamente su atención.

La tecnología en sí misma, ni es buena ni es mala, pero como educadores/as, hemos de tener claro, la poca relación que tiene con la espera y con el esfuerzo.

Por tanto, si queremos que los más pequeños aprendan a demorar la recompensa (valor tan necesario en la vida adulta) hemos de ser conscientes de que hay que inculcárselo por otras vías.

Espero que estos consejos y reflexiones les ayuden en el gran reto de educar, además de acercarles a experiencias vitales muy enriquecedoras, y, sobre todo, que les permitan prevenir posibles problemas futuros brindando a su familia una dosis de la valiosa vacuna del esfuerzo, empezando por usted mismo/a.

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El Valor Del Esfuerzo
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