Muchos padres y madres tienen dudas sobre qué hacer ante determinados comportamientos de sus hijos, y de entre los diferentes temas que preocupan a las familias, normalmente las respuestas de ansiedad, no son tan tenidas en cuenta como otro tipo de comportamientos más disruptivos, como la desobediencia, pudiendo pasar desapercibidas durante años.

Sin embargo, hay que señalar que entre el 9 y el 21% de los niños (según diferentes estudios) sufre de trastornos emocionales producto de la ansiedad.

Como comentaba este tipo de problema no suele ser identificado por padres y educadores, en la medida que el niño o niña suele tratar de camuflarlo, tratando de ocultarlo y evitando las situaciones que le dan miedo inventándose una excusa.

Veamos un ejemplo:

Nos basaremos en el caso de niños que presentan un nivel elevado de timidez, teniendo especiales dificultades para relacionarse con otros niños y niñas de su edad.

Pablo tiene 7 años, habla mucho de su amigo Marcos, que es su único amigo del cole, su profesora observa que le cuesta mucho hablar en las asambleas y que cuando lo pone a trabajar con otros niños (sin Marcos) casi no habla con ellos. Este fin de semana es el cumpleaños de Marcos y Pablo sorprende a sus padres al decirles:

 “No quiero ir al cumpleaños de Marcos porque no me apetece, en casa estoy mejor”.

Teniendo en cuenta que Marcos es su mejor amigo y se lo pasa muy bien con él, respuestas como ésta, unida a la información aportada por la maestra, tienen que ponernos en alerta sobre la posibilidad de que exista una razón oculta para no querer ir, como que se sienta incómodo estando con niños y niñas que no conoce.

Siempre que el niño deje de ir a una celebración grupal por esa razón, se mantendrá la respuesta de ansiedad cuando tenga que relacionarse con niños que no conoce, y la timidez seguirá presente pudiendo incrementarse las situaciones que evita o las formas en las que lo hace.

No olvidemos que los niños, aún están madurando, y no han aprendido a identificar y reconocer sus emociones. Por ello, lo que normalmente suelen manifestar es que se encuentran malos, les duele el estómago o la cabeza, o molestias físicas similares.

Sin embargo, es conveniente tomar medidas preventivas, si haciendo una observación más exhaustiva, nos damos cuenta que ese malestar coincide, de forma repetida, con una situación determinada: al día siguiente tiene un examen, le toca hablar o leer en clase ante el resto de compañeros, va a visitar un lugar nuevo, tiene que pasar tiempo con personas que no conoce mucho o en un lugar donde hay demasiada gente, con una salida de sus padres de casa, o con alguna otra situación que, sea por la razón que sea, al niño o la niña le crean inseguridad sintiéndose sobrepasados por ella.

Algunos niños, según su grado de madurez emocional, pueden llegar a identificar que “se ponen nerviosos” en una situación determinada. Sin embargo, la mayoría de los niños menores de 9 años, no suelen darse cuenta de que lo que les pasa es producto de su inseguridad o miedo, y tampoco saben explicar con palabras lo que les ocurre, y mucho menos ponerle la etiqueta de ansiedad, es por esta razón por la que la intervención de un profesional especializado en terapia infantil puede ser de gran ayuda, pudiendo llegar a lugares donde a los padres les resulta más difícil.

Esto es especialmente relevante en los problemas de ansiedad infantil, ya que si se detectan en sus fases iniciales tienen muy buen pronóstico. Gracias a una rápida intervención se consigue que el niño o niña no evite la situación que le da miedo sino que la afronte progresivamente, y vaya ganando seguridad en sí mismo, con lo que su miedo se reduce.

No debemos olvidar que a edades tempranas no está suficientemente desarrollada la parte verbal (racional), es por esto por lo que los pequeños muchas veces, no identifican o no reconocen sus miedos. Pudiendo los miedos infantiles incrementarse o mantenerse si se asocian repetidamente con respuestas de evitación.

Finalmente es importante señalar que existen una serie de miedos evolutivos normales que están asociados con momentos determinados del desarrollo del niño. De este modo, el hecho de que nuestro hijo o hija presente alguno de ellos no debe preocuparnos en exceso, pero sí saber qué debemos hacer para que ese miedo se reduzca de forma natural, y qué no debemos hacer porque esa respuesta hace que el miedo se mantenga más allá de lo esperable.

Veamos un ejemplo:

* El miedo a la oscuridad es un miedo normal hasta los 5 años de edad.

Desde muy pequeña Ana ha tenido miedo a la oscuridad, siempre ha dormido con la luz encendida y estando su madre sentada en los pies de la cama. Al dormirse Ana su madre apagada la luz y se marchaba.

Cuando Ana se despertaba por la noche, llamaba a sus padres, y normalmente  uno de los dos venía y la tranquilizaba hasta que volvía a dormirse, si no venían, ella encendía todas las luces necesarias y se colaba en la habitación de sus padres y terminaba por convencerles para dormir con ellos el resto de la noche.

Ana ahora tiene 9 años, y no consigue dormirse sola, se pasa mucho rato intentándolo y pasándolo mal, hasta que la vence el cansancio, y además se despierta varias veces en la noche y duerme con la luz del pasillo encendida.

Las respuestas de Ana: Encender las luces, irse a dormir con sus padres, dormirse con su madre sentada en su cama de pequeña, han hecho que no haya podido superar el miedo a la oscuridad, haciéndose este más marcado, y manteniéndose más allá de lo esperado a nivel evolutivo, ya que Ana evita todo contacto con la oscuridad no teniendo ocasión de experimentar la situación de que puede dormir con la luz apagada sin que pase nada.